Suelta el dolor del pasado para sanar tu mente.
Hay momentos en la vida en los que el dolor llega sin aviso. No pregunta, no negocia, simplemente irrumpe. Una palabra, una pérdida, una experiencia inesperada nos sacude por dentro y deja un silencio lleno de preguntas. Entonces la mente se apresura a buscar respuestas, culpables, explicaciones… convencida de que entender lo ocurrido cerrará la herida. Pero mientras tanto, el alma sigue esperando ser abrazada.
El verdadero veneno no siempre está en lo que pasó, sino en quedarnos atados a ello. Nos quedamos dando vueltas alrededor del dolor, intentando descifrarlo, como si así pudiéramos borrar lo vivido. Y sin darnos cuenta, gastamos nuestra energía reviviendo la herida una y otra vez. El ego exige razones y justicia; el corazón, en cambio, solo pide cuidado, presencia y descanso.
Sanar no significa justificar lo que dolió. Sanar es elegirte. Es reconocer que el pasado no puede cambiarse, pero sí la forma en que hoy lo sostienes dentro de ti. Del mismo modo que un cuerpo herido no necesita explicaciones sino atención, tu mundo interior necesita calma, amor y un espacio seguro para recomponerse.
Hay una sabiduría profunda en soltar el “por qué”. Cuando dejas de perseguir respuestas, empiezas a escuchar lo que sientes. Y es ahí donde comprendes que la paz no llega cuando otros entienden tu dolor, sino cuando tú decides no seguir alimentándolo.
Toda experiencia difícil trae consigo una enseñanza. No llega para castigarte, sino para expandir tu conciencia. Cuando eliges usar tu energía para sanar, descubres una fuerza que quizá no sabías que habitaba en ti. Entonces las heridas dejan de ser solo cicatrices y se transforman en puertas hacia un crecimiento más profundo.
Hoy tu alma recibe una invitación clara: deja de correr detrás de lo que te hirió y empieza a caminar hacia lo que te sostiene. Usa tu energía para sanar, para levantarte, para volver a ti. Porque cuando eliges sanar, no solo continúas… te transformas desde el amor.
Lo que fue, fue. Sin más, sin menos. Aferrarnos a los acontecimientos que nos dañaron o insistir en comprenderlos solo prolonga el malestar emocional, y a veces también el físico y el mental. La vida sucede ahora, en este día que se nos regala. Vivirlo con presencia y gratitud ya es una forma de sanación.
Un monje dijo una vez: imagina que una serpiente te muerde. En lugar de ocuparte de sanar el veneno, decides perseguir a la serpiente, tratando de entender por qué lo hizo y de demostrar que no merecías ese daño. Así se nos va la vida. No la desperdicies persiguiendo la causa de tu dolor. Usa esa energía para cuidarte, levantarte y fortalecerte. Ahí comienza la verdadera liberación.


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