A veces, no es que un jugador sea difícil o que un compañero no encaje, es que viene roto por dentro. Y cuando alguien está roto, sin querer, puede terminar rompiendo a los demás. No por maldad, sino por dolor. En el deporte (como en la vida) las heridas también se notan en la cancha: en la actitud, en la mirada, en cómo se reacciona ante el error o la presión. Por eso, antes de entrenar el cuerpo, hay que aprender a entrenar el alma. La gente que ya sanó, que se conoció de verdad, no presume su proceso. Ayuda sin hacer ruido, escucha sin juzgar y transmite calma, incluso en los momentos más tensos del juego. Un deportista que ha sido bien acompañado, que ha sentido apoyo real, ama su deporte de otra manera: no compite desde el ego, sino desde la pasión; no exige reconocimiento, busca conexión; no mide, simplemente da lo mejor de sí. Y también están los que han cambiado, y se nota. No porque lo digan, sino porque ya no reaccionan igual ante un fallo, ya no pelean por todo, ya aprendier...